El último ismo

Raquel Arias

El año 1945 parece un tanto tardío para ser el del nacimiento de un nuevo ismo. Parecería que la segunda guerra mundial había ahogado también los intentos de renovación que el arte venía proponiendo desde los comienzos del siglo xx. Sin embargo, coincidiendo con el final de dicho enfrentamiento bélico y en plena posguerra española hace su aparición el movimiento que viene después de todos los ismos, el postismo. El nacimiento de este «movimiento plástico-literario» se celebra con una revista del mismo nombre que no vería más que un número (aunque continuaría después en Cerbatana, también con un solo número) y que se llena de propuestas, justificaciones, desafíos y juegos. En todo caso, este nuevo intento vanguardista, el último, como su propia denominación parece sugerir, asume muchos de los principios de los que le preceden y se emparenta especialmente con el surrealismo. La vitalidad de la propuesta salta a la vista con solo asomarse a unas páginas que se proponían como una alternativa a un arte vuelto hacia el clasicismo y poco dado a aceptar experimentaciones. Si, como se ha dicho, el postismo representa una reacción y un rechazo contra una situación que hunde sus raíces en la realidad histórico-social del país, no es menos cierto que su aparición no es en absoluto una declaración de guerra a dicho sistema. En buena parte de sus artículos se insiste en la actitud lúdica y en el respeto a lo establecido; en la ridiculización del arte menos osado, especialmente en pintura, y en la tolerancia ante otras formas de acercarse a la creación artística. Esto puede explicar que uno de sus pilares sea la búsqueda de la musicalidad del lenguaje y que el otro punto sobre el que se asienta la propuesta sea el humor. La crítica que propone el postismo de un arte demasiado situado en una línea tradicional en todos los sentidos incluye también la idea de una literatura comprometida políticamente. Los postistas, Carlos Edmundo de Ory, Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi, se declaran, en el manifiesto que incluye el único número de Postismo, no políticos, católicos y respetuosos con todas las religiones. De igual forma, no se interesan en asuntos sexuales y no atacan la labor de otros artistas no interesados en su movimiento. En realidad se trata de una declaración de principios que no quiere inquietar a los poderes fácticos del momento, defendiendo la libertad y la independencia de unos artistas que no piensan en cambiar la situación social en que se encuentran. Pare evitar toda duda, entre los colaboradores del primer y único número de la revista se encuentran Tomás Borras, Wenceslao Fernández Flórez, Enrique Lafuente Ferrari, Julio Trenas, Benjamín Palencia, José Sanz y Díaz, ninguno de ellos sospechoso de desafección al régimen.

Los rasgos esenciales del postismo y aquello que le da su propia idiosincrasia están en la encendida defensa de la imaginación, quizá en algunos casos confundida con el subconsciente, y de ahí la relación aceptada y reconocida con el surrealismo. En este sentido es destacable la importancia que se da al tema de la niñez, ya que la infancia aparece como el periodo clave del desarrollo humano. En la concepción postista, el niño aparece como el hombre aún no contaminado y necesitado, por ello, de la protección del postismo, capaz de ver en él todas las posibilidades en embrión que tiene cada ser humano para alcanzar un desarrollo pleno. Esto explica la existencia de una sección de la revista dedicada a la infancia, sección en la que se pide la colaboración de profesionales médicos y pediatras para dar cuenta de los cuidados que necesitan los niños. El otro rasgo esencial es el humor, vinculado con el absurdo, y que la revista no solo declara explícitamente sino que pone en práctica en casi todos los artículos, incluido el propio manifiesto. El tono irónico, irreverente, ligero y superficial sirve, además, para quitar trascendencia a algo que podría haber sido mal entendido por la censura franquista. Por último, el lenguaje como herramienta de creación es sometido a unas búsquedas expresivas centradas especialmente en la musicalidad y el sonido. Las palabras se despojan de su significado para convertirse simplemente en un significante cuya carga fonética es lo único importante; esto permite incorporar al lenguaje poético vocablos hasta entonces desterrados del universo lírico. Por otro lado, la tesis de que parten los postistas es la de que el lenguaje es una característica que tiene todo ser humano y que le ofrece posibilidades ilimitadas de realización.

En conclusión, el postismo se presenta como un intento de agitación artística de las tristes aguas de la posguerra española sin despegarse en ningún momento de una actitud respetuosa con una situación política y social que no pretende cuestionar. Se trata, más bien, de incitar a una renovación formal del arte español acompañada de humor y cierta frivolidad muy alejada de compromisos con la realidad. Si el arte había dejado de ser mimético, no era difícil prescindir de una realidad que como referente no podía ser sino incómoda.

IR AL INICIO DEL TEXTO