Mandrágora y el surrealismo chileno
Eduardo Becerra
En diciembre de 1938 surge en Chile la revista Mandrágora, que incorpora al panorama literario de ese país las propuestas del surrealismo, un movimiento que, si bien protagonizaba en ese momento importantes debates estéticos e ideológicos a escala internacional, apenas había dejado huella en Chile en los años previos. Mandrágora fue impulsada por Braulio Arenas, Enrique Gómez Correa y Teófilo Cid, quienes, junto con Jorge Cáceres, integrarían el grupo del mismo nombre, cuya aparición en la escena literaria databa de unos meses antes. La revista surge en pleno debate de las relaciones entre surrealismo y política y en un año en que el movimiento liderado por Breton se encuentra en una fase expansiva que conllevaría su definitiva internacionalización. Sin embargo, su irrupción en el contexto chileno, fuertemente politizado —como muestra el ascenso al gobierno del Frente Popular el mismo 1938 y el papel dominante de la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura, de inspiración estalinista e impulsada por Pablo Neruda—, provocaría un recibimiento mayoritariamente hostil.
Mandrágora, aunque surge en un momento en que el surrealismo ha recorrido ya una larga travesía, recupera sobre todo los principios que Breton y sus compañeros de aventura habían puesto en liza en los albores de la irrupción surrealista: irracionalismo visionario, automatismo, fascinación por el absurdo, el azar y el onirismo, reivindicación del delirio y la transgresión y exaltación del erotismo, el deseo y la pulsión sexual; todos ellos rasgos típicos de la considerada primera etapa del movimiento. Este perfil singular explica las acusaciones de anacronismo que se le hicieron a la revista y al grupo en cuanto a su acercamiento y sus propuestas de recuperación de la poética surrealista. La noción de «poesía negra» fue la utilizada para articular su ideario, muy fiel, a pesar del nuevo nombre, a los paradigmas del surrrealismo más ortodoxo.
Junto a la exposición y difusión del programa surrealista, la revista, a través de sus textos, desarrolló una toma de posición estética e ideológica enfrentada a las corrientes hegemónicas imperantes en el marco literario nacional. Ambas vertientes definen la línea central de su evolución. Mandrágora publicó siete números de periodicidad irregular entre diciembre de 1938 y 1943. No incorporó ningún tipo de material gráfico y su diseño fue bastante rudimentario. En sus tres primeros números, la difusión del ideario surrealista partió del reconocimiento de sus antecedentes más paradigmáticos, mediante la inclusión de textos de autores como Swift, Lautréamont, Rimbaud, Jarry o Hölderlin, entre otros; y continuó con la publicación de poemas y reseñas de obras de nombres fundamentales del surrealismo internacional —Breton, Éluard, Rigaut, Péret…—. A las aportaciones de los cuatro integrantes fundamentales del grupo —Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas, Teófilo Cid y Jorge Cáceres—, se unieron las colaboraciones puntuales de otros poetas chilenos más o menos cercanos a sus propuestas estéticas transgresoras —Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas o Rosamel del Valle, dentro de una lista más larga—. Asimismo, en sus páginas serán frecuentes los textos de corte ensayístico, escritos en su gran mayoría por Braulio Arenas y Enrique Gómez Correa. En forma de manifiesto, reseña o estudios de mayor o menor extensión, estas colaboraciones subrayarán insistentemente la ortodoxia surrealista recogida bajo la etiqueta de «poesía negra».
En todo momento, la defensa de los paradigmas del surrealismo se combinó con la denuncia del clima poético e ideológico de su país. En esta línea, Mandrágora, más que avanzar en la reflexión sobre el papel y el sentido del surrealismo en el contexto de su época, prefirió centrarse con mayor insistencia en proclamas y denuncias contra las actividades de la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura y sobre todo contra su figura más visible: Pablo Neruda. Incluso el número 4 se dedicó casi en exclusiva a los incidentes de julio de 1940 en la Universidad de Chile, cuando, en el acto en que se homenajeaba a Pablo Neruda por su nombramiento como cónsul general en México, Braulio Arenas intentó boicotearlo interrumpiendo el discurso del homenajeado. A partir de este número 4, se aprecia cierto giro localista en los contenidos, ya muy visible en los dos números siguientes. Desaparecen los nombres del surrealismo internacional, la poesía cobra mayor protagonismo en detrimento de los escritos ensayísticos y siguen siendo frecuentes los ataques contra la Alianza y Pablo Neruda.
En el número 6 se anuncia la próxima aparición de Leitmotiv, nueva revista surrealista que dirigirá Braulio Arenas —Mandrágora había sido dirigida por Enrique Gómez Correa—. Ese dato apuntaba a un distanciamiento entre los miembros del grupo, que se confirmaría con la aparición en 1943 del último número de Mandrágora, responsabilidad exclusiva de Gómez Correa, por ser autor de todos los trabajos del volumen. Fuera ya de toda intención programática, en los textos que lo integran Gómez Correa vuelve a la declaración de fidelidad respecto a los principios originales del surrealismo, en términos parecidos a los utilizados en los primeros números de Mandrágora. Además de ello, las páginas de este último número emprenden un largo y sostenido ajuste de cuentas contra la tradición poética americana en general y la chilena en particular, la de sus antiguos aliados —Vicente Huidobro, Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva y Eduardo Anguita— y también la de sus compañeros de Mandrágora, y por supuesto contra la de sus enemigos de siempre, con Pablo Neruda a la cabeza. Incluso Breton se cuenta entre los objetivos de estos ataques postreros de Gómez Correa.
El tono y los contenidos de este número 7 permiten especular sobre algunos de los motivos que impidieron un mayor arraigo y una mayor extensión del imaginario surrealista en el Chile de los años treinta y cuarenta. Las actitudes de pureza, integridad y ortodoxia que recorrieron de principio a fin las páginas de Mandrágora a menudo acabaron bordeando poses grandilocuentes tan excesivas como vacuas, y cuya rigidez limitó en buena medida sus posibles efectos y repercusiones en el medio literario chileno. Asimismo, su excesiva atención a disputas y polémicas locales le impidió conectar con la actualidad del surrealismo internacional y seguir su evolución hasta ese momento.