A partir de cero: una nueva apuesta surrealista en el marco de la disputa generacional

Armando Minguzzi

Los primeros años de la década de los cincuenta, en Argentina, sobre todo en lo relativo al mundo de las revistas culturales, son años agitados. Aparecen algunos signos del agotamiento de la labor poética de los escritores de la década anterior y salen a escena algunas voces, las de los más jóvenes, que reclaman una nueva forma de entender los proyectos estético-intelectuales de estas latitudes, más vinculada al mundo y a las circunstancias que les toca vivir.

Los escritores de la década de los cuarenta se habían inclinado por ciertas posturas cercanas a la autonomía estética y se habían adherido a los lineamientos del existencialismo. Rilke, y su manifiesto lirismo melancólico, fue para estos poetas una figura central de su quehacer literario; la soledad y la muerte, dos temas omnipresentes en la obra del autor citado, atravesaron el horizonte poético de esta generación.

La última aparición de ese agrupamiento generacional anterior se da con la revista El 40, dirigida por Dora S. de Boneo. Las páginas de sus seis entregas, desde la primavera de 1951 hasta el invierno de 1953, albergan firmas de poetas y escritores reconocidos como León Benarós, César Fernández Moreno, Alberto Ponce de León, José María Castiñeira de Dios, María Granata, Juan Rodolfo Wilcock y otros.

En el otro extremo aparecían los jóvenes, que postulaban una tarea intelectual y/o artística que tuviera en cuenta la realidad local y su devenir político-social. En ese sentido la revista más importante, y que marcó una tendencia hacia el futuro, fue Contorno, dirigida, en su primer número, por Ismael Viñas; se le sumaría en el segundo su hermano David. Su primera entrega data de noviembre de 1953, la última, el número doble 9-10, de abril de 1959. Su intención de reconfigurar el mapa de la literatura nacional fue clara; más allá de la disputa entre la centralidad de la figura de Mallea, vinculada al suplemento del diario La Nación y la revista Sur, y la postulación de Roberto Arlt como eje de lectura de la tradición nacional por parte de estos jóvenes, todo fue revisado por los integrantes de la revista. Entre los que transitaron sus páginas cabe mencionar a intelectuales como Ramón Alcalde, Noé Jitrik, Adolfo Prieto, Oscar Masotta, Adelaida Gigli y Juan José Sebrelli.

A partir de cero surge en esos años, donde todavía algunos sostienen cierto lirismo formal y otros sacan a relucir la cuestión del compromiso intelectual con la realidad circundante, de clara raigambre sartreana. La crítica de los contornistas por la prescindencia política de A partir de cero es un claro ejemplo del clima de la época y sus polémicas.

Lo primero que llama la atención en esta publicación es su diseño oblongo. De dimensiones más reducidas en el único número de su segunda etapa que apuesta por diversos collages y páginas desplegables, cumple con esa intención de renovación en los lenguajes y en los formatos propia del mundo surrealista y su apuesta por lo onírico. Desde su entrega inicial, en noviembre de 1952, se lee un subtítulo, «Revista de poesía y antipoesía», que marcará, entre otras cosas, la tendencia de una revista preocupada por la actividad poética y por su lenguaje. En la portada aparece el nombre de quien sería su director: Enrique Molina. La segunda entrega de esta primera época sale a la calle un mes después, es decir, en diciembre de 1952. Existe una segunda época, en la que una única entrega de septiembre de 1956 completa los números que hacen la vida útil de A partir de cero. En su portada ya no aparece el subtítulo que marcamos más arriba y la cantidad de ilustraciones crece; asimismo el papel del director deja paso a un grupo de redacción integrado por Carlos Latorre, Julio Llinás, F. J. Madariaga, Aldo Pellegrini, J. A. Vasco y el antiguo director Enrique Molina.

Los textos publicados en esta revista explicitan, en gran medida, la estética surrealista; las firmas del exterior responden a la tradición del movimiento postulada desde sus orígenes, tanto en Francia como en Argentina. Nombres como Lautréamont, Artaud, Baudelaire, Paul Éluard, Benjamin Péret y el mismo André Breton exhiben el anclaje estético de lo que puede leerse en las distintas entregas.

La producción local arranca con un texto programático de Enrique Molina. El autor realiza una crítica a la poesía argentina del momento y su falta de aspiración a la belleza y la verdad, en la que se hace mención ácidamente a la revista Sur y al efecto pernicioso de Borges y su «confusionismo» acomodaticio. Pero también se plantea lo que sería la línea estética de la revista, es decir, una constante búsqueda que intente superar las oposiciones entre lo onírico y la vigilia, lo objetivo y lo subjetivo, lo irracional y lo racional. El texto también postula, como en los mejores momentos de la vanguardia, la fusión entre poesía y vida y el afán liberador de los convencionalismos que la labor poética trae aparejado. Se suman a este planteo el escrito del mismo número de Aldo Pellegrini que se llama «El lenguaje», donde se intenta reconstruir los distintos usos de la lengua y la capacidad de la poesía para ir más allá del significado convencional de las palabras.

El número inicial cierra esa apuesta con la antología de André Breton. El rescate de algunos fragmentos del primer y el segundo manifiesto surrealista y de algunas líneas del texto titulado «Alta frecuencia» reivindica el carácter revolucionario del surrealismo.

En el segundo número vuelve a retomarse la idea de una defensa de la poesía, en el texto que abre la entrega y corre a cargo del director. Se llama «Un golpe de su dedo sobre el tambor», y en él Molina sostiene la importancia del rescate de lo inconsciente a la hora de la creación poética. Se completa esa reflexión sobre el quehacer del poeta con el texto posterior, «La poesía debe ser hecha por todos», que apuesta por una producción poética en tanto actividad del espíritu que busca ennoblecer la vida, y con el artículo de Pellegrini «El huevo filosófico», donde el trabajo poético se asocia con una forma de conocimiento.

En este número se rescatan dos poetas: Paul Éluard y Antonio Porchia, de quien se dice que es poco reconocido en el ámbito local, pero fue descubierto por Caillois y rescatado por intelectuales franceses como Breton y Bataille.

La tercera entrega en lo que sería el derrotero de A partir de cero, el único número de la segunda etapa, completa esa adscripción de la revista al universo de la estética surrealista. La presentación que Aldo Pellegrini hace de Artaud y el texto de este que lleva por título «La taba tóxica» ratifican ese rumbo. También sigue la reflexión sobre la labor poética y el uso del lenguaje que los hacedores de esta publicación habían emprendido. El texto inicial, «Cambio de domicilio (segunda época)», marca un poco desde su título cómo fue asumida esta segunda etapa, es decir, se piensa más en la ratificación de lo dicho que en una nueva concepción del quehacer estético; se trata solo de una mudanza, de un cambio de lugar de residencia. Tal vez la madurez del grupo y lo que sería la conformación de una sociedad intelectual haya que leerlas en la desaparición de la figura del director. Sin embargo, es Enrique Molina quien abre textualmente la etapa, quien sigue pensando la poesía como aquello que está en todas las esferas de la vida y lo que va a permitir la renovación de los vínculos instalados por el mundo burgués. Cabe destacar el ataque que reciben tanto Neruda como la Sociedad Argentina de Escritores de Argentina, un dato de que la crítica de la revista apuesta aún más enconadamente por denunciar a los actores del mundo que la rodea.

La reflexión sobre el lenguaje también se refuerza en esta nueva vida de A partir de cero, pero, al igual que con la crítica anterior, dicho espacio sirve a Aldo Pellegrini, un habitué de esta actividad, para apuntar sus dardos contra autores consagrados. El texto que este autor publica se llama «Comentario a tres frases de autores célebres (La celebridad es la conciencia del horror)», y en él se centra en tres frases que le permiten explayarse sobre la lengua, aunque en verdad esa reflexión es el punto de partida de una serie de comentarios sobre los autores de las mismas y su labor literaria. Ellos son Jorge Luis Borges, ya criticado por Molina en el número inicial de la primera época, T. S. Elliot y William Faulkner; la condición de celebridad, de la que se parte, los hace blanco a los tres de críticas, en muchos casos satíricas. El otro texto que retoma el ademán de centrarse en la lengua y su derrotero pertenece a Julio Llinás y Enrique Molina, se llama «Ensayo experimental de rectificación del lenguaje» y retoma, haciendo un uso crítico de la organización textual del diccionario y su ordenamiento y disposición editorial, esta especie de azar al que es tan afecto el surrealismo. Los autores definen una serie de palabras muy vinculadas al imaginario de esta escuela (como por ejemplo arte, familia, prostituta, poeta y otras) mediante el significado de vocablos elegidos azarosamente; por ejemplo, definen fonógrafo como «uno de los nombres vulgares del orangután».

Merecen nuestra atención, en lo referido al vínculo de esta revista con el debate intelectual de la época, dos textos. Uno de ellos se llama «¿Arte nacional?» y lleva la firma de Julio Llinás, miembro del comité de redacción de esta segunda etapa que además publica en la misma entrega un texto teatral fechado en París en 1954, lo que permite presuponer que es una reflexión que representa el espíritu de la revista. En sus líneas se critica la idea de un arte nativo, a lo que se agrega que la idea de que un arte nacional tenga su base en el arte popular es absurda, ya que este último es parte de la libertad de los pueblos. El texto, que acusa a los que se piensan como poetas nacionales, ergo como herederos de una tradición, se cierra diciendo que solo los artistas internacionales pueden adueñarse del arte popular, adscribiendo a una lógica muy propia del imaginario de las vanguardias, El otro texto que instala la revista en las polémicas de esos años aparece sin firma y se llama «Respondiendo a la encuesta de “Contemporánea” Nº 1». Obviamente la respuesta de A partir de cero a la pregunta «¿Qué actitud deben asumir los escritores, editores o lectores para solucionar definitivamente el problema del escritor nacional?» no puede ser otra que una burla ácida sobre la cuestión. Una muestra acabada de ello podemos verla en el ítem donde se responde sobre los editores, ya que para nuestra revista dicho colectivo de actores de la escena literaria «pueden contribuir a “solucionar definitivamente” el problema del escritor nacional negándose total y furiosamente a publicar sus libros», pues así los «autores se dedicarán a sus tareas específicas».

Incluirse en ese debate en torno a los valores de la cultura nacional no es el horizonte de A partir de cero y sus colaboradores; el grupo que conforma la revista se piensa a sí mismo dentro del marco de una estética que trasciende el marco del Estado nación. En ese sentido esta publicación recupera la línea vanguardista sin embarcarse en lo que los jóvenes de la época, sobre todo los del grupo ligado a Contorno y su filiación sartreana, entienden como compromiso intelectual con el mundo que los rodea. Sin embargo, no escapan a la idea de poner la lupa sobre la literatura nacional y su tradición, algo que ven encarnado en escritores como Jorge Luis Borges o los herederos de Lugones, de los que se burlan sin piedad. Pero, además, quienes escriben en sus páginas sobrevuelan el lenguaje, mejor dicho el lenguaje convencional, con los puños llenos de sospechas y también ven en la poesía la posibilidad de revolucionar la sociedad y sus vínculos, dos ítems clásicos con los que el surrealismo hizo su aporte al mundo de las vanguardias históricas.  

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